“A propósito del libro "El Futuro de la Administración" de Gary Hamel” Autor: Guillermo Villacrés Cárdenas
Los escritos sobre Administración no escapan de la cultura de consumo y por eso hay un gran número de libros que escriben sobre temas que de alguna manera son “un poco más de lo mismo”. En ocasiones, hay autores que lanzan mensajes contundentes por lo originales, innovadores y sobretodo, por su sentido crítico; este es uno de ellos.
El libro de Hamel sencillamente crea un escenario sin precedentes para que las personas interesadas en temas gerenciales puedan reflexionar sobre tres preguntas:
1. ¿Se necesita un título universitario para ser un buen empresario?
2. ¿Es necesario graduarse en Administración para ser un excelente gerente?
3. ¿Se deben cambiar los paradigmas que tenemos sobre cómo debe ser la formación de un Gerente o Administrador?
La Administración fue una de las carreras nuevas del siglo XX gracias a los aportes que se hicieron desde la Administración Científica y quizás, desde un pasado más remoto con los escritos de Henry Fayol y su Proceso Administrativo.
Uno de los planteamientos de mayor debate que presenta Gary Hamel cuestiona la carencia o ausencia del factor de innovación de los procesos y las prácticas administrativas de hoy en día al punto de titular uno de sus capítulos del libro << ¿Es el final de la Administración?>>, intentando plantear la falta absoluta de lo que el llama y desarrolla en su libro, “la innovación administrativa”, entendida ésta, según su autor como “cualquier cosa que modifique sustancialmente la manera como se administra, o que modifique ostensiblemente las formas habituales de organización y, con ello, promueva los fines de la empresa”.
Pues bien, uno de los grandes temas de reflexión nos permite aproximarnos a la primera pregunta y la respuesta es contundente: No se necesita un título en Administración para ser un buen empresario. La respuesta es sencilla y a la vez compleja, pues los casos exitosos de empresarios o líderes de negocios en todo el mundo son múltiples y eso precisamente pone en tela de juicio la formación tradicional en Administración. En este punto recuerdo la opinión de un rector de una muy bien posicionada facultad de Administración en Colombia cuando afirmaba, no sin cierta ironía, que “la Universidad como institución no es precisamente un modelo de organización y gerencia para nuestros alumnos a pesar de enseñarse en nuestra universidad los principios más rigurosos sobre cómo administrar”. ¿Cuantos rectores o directores de escuelas de administración en Colombia y en el mundo estarán de acuerdo con este concepto al hacer un análisis honesto de su “empresa educativa” y del nivel de satisfacción de sus más importantes “clientes”: profesores y estudiantes?
En mi práctica de mucho años como catedrático de Administración, a propósito del libro de Hamel, vienen a mi mente las múltiples ocasiones durante las cuáles los estudiantes preguntan el por qué las facultades y las universidades no son precisamente modelos a imitar de las mejores prácticas administrativas, o también por qué en la tan de moda teoría del servicio, las universidades no reconocen a profesores y alumnos como clientes a través de los cuales se presta uno de los servicios más dignos y loables de la humanidad como es el impartir educación.
Aún cuando Hamel no se refiere a este último punto, nos deja muy claro el gran número de dueños de negocios o emprendedores que triunfaron a través del empirismo de una gerencia abrumadoramente práctica y, sobretodo, efectiva.
En cuanto a la segunda pregunta, es evidente que los currículos de las facultades de Administración son, lo que podríamos llamar completos en su estructura, competencias a desarrollar y metas finales de aprendizaje; no obstante, viene entonces otra pregunta critica que los estudiantes, hijos de empresarios o familiares de empresarios o de gerentes exitosos formulan: ¿Será que un profesor sin experiencia gerencial o empresarial (solo académica) pueda impartir sus clases y formar de manera confiable, no desde los contenidos teóricos de los libros, sino más bien desde la naturaleza práctica del ejercicio administrativo, no solamente para aplicar una teoría sino para afrontar una situación en la cual se necesita el conocimiento y la experiencia de un verdadero laboratorio que en este caso se llama empresa?
Se pueden tener las mejores intenciones en la academia pero la vida de un gerente, los retos que a diario enfrenta y las decisiones que toma, no se en que porcentaje, distan muchísimo de la formación en pensamiento estratégico, actitud, estímulos y espíritu emprendedor, para nombrar unos pocos, de la teoría aprendida o del perfil de quienes enseñan, quienes deberían ser testimonios vivientes del ejercicio profesional. No se critican aquí los programas o currículos por ser estos actualizados y adecuadamente diseñados desde lo teórico y lo conceptual.
Finalmente, la pregunta más arrolladora de Gary Hamel en su libro, de por qué no hay innovación administrativa nos lleva a imaginar a la organización o a la empresa del futuro. Para que haya innovación se necesitan condiciones para el “aprendizaje enfocado a la innovación”. ¿Promueven nuestros modelos educativos la innovación y la creatividad? Quizás la evolución de los modelos para educación preescolar y escolar ha avanzado muchísimo; a los niños se les estimula para que desarrollen el pensamiento creativo. ¿Qué sucede en las instituciones de educación superior? ¿Educamos a nuestros jóvenes para ser “Administradores” o “Gerentes”?. ¿Formamos “negociantes” o “empresarios”? La respuesta es muy simple: Se necesitan “empresarios gerentes” o “gerentes empresarios” con habilidades o competencias administrativas. Nadie da de lo que no tiene y no apuntemos nuestro dedo a la educación como la única responsable. También están las empresas (como centros o laboratorios de aprendizaje) en donde la práctica gerencial conlleva a la creación de buenos o malos hábitos de gestión; sin embargo, hay otros campos no analizados por Hamel en su libro como actitud, pensamiento, modelos gerenciales, culturas organizacionales, que a su vez, son igualmente responsables por la ausencia de innovación en las prácticas administrativas. Digamos entonces que para poder “desestructurar hay que haber estructurado primero” en el pasado, en una época en que también aprendíamos de manera formal, que es justamente lo que hacen los gerentes de trayectoria exitosa cuando son conscientes de la diferencia entre los contenidos aprendidos en un salón de clase o en una empresa, frente a los requerimientos del entorno y frente a la necesidad sin precedentes de nuevos enfoques para la gestión administrativa.
El libro nos ilustra sobres estos temas y muchos más. Quizás se gane un premio por “poner el dedo en la llaga”, pero también se ganará muchas críticas de los defensores del llamado “status quo”, quienes casi siempre juegan el papel de conservadores retardatarios en aras de proteger la estructura de la ciencia. Se necesita mucha humildad para leer el libro con provecho, de lo contrario, el prejuicio solo llevará al lector a cuestionar el pensamiento de un autor, quien, “para la muestra un botón”: Los estudios básicos que hizo Gary Hamel, (su B. S.) fueron en Matemáticas.
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